Lo conduzco lejos de los senderos que rodean la casa, hacia la parte de la finca donde comienza el bosque. Caminamos sin hablar. La luna atraviesa las copas de los árboles y el murmullo de un arroyo nos acompaña hasta un claro cubierto de hierba, donde me detengo.
—¿Por qué no me has dicho que piensas marcharte?
Sael me contempla con una tristeza que no le conocía.
—Debo irme a un lugar donde no me puedes acompañar.
—¿Pero vas a volver?
—Mis tiempos no son los mismos que los tuyos, querida Eva.
Me aferro a su brazo. Hace dos meses que lo veo cada día. Nunca he pensado que podamos separarnos y ahora, al escucharlo, el bosque entero parece haberse vuelto demasiado grande para los dos.
—Solo imaginar que no voy a tenerte me hace pensar en la muerte.
Sael me acaricia la mejilla.
—A veces la muerte no es lo peor que puede pasar.
Apoyo el rostro contra su pecho y respiro el olor de su piel.
—Te deseo, Sael... ¿Cómo podría vivir un solo segundo de mi vida sin que me poseas?
Se separa un poco para mirarme.
—No sabes lo que estás pidiendo.
—¿Es que no me amas acaso?
—Eva, te amo mucho más de lo que puedas imaginar, y por eso no debemos hacerlo.
Lo miro incrédula. Llevo semanas imaginando nuestra primera noche juntos y me habla como si nuestra relación fuera un tema que solo le incumbe a él.
—Deja de hablar de lo que se debe o no se debe, deja de decidir por mí.
Sael guarda silencio. Cuando responde, su voz se ha vuelto grave.
—Si nos uniéramos, querida Eva, podrías conocer una plenitud que ningún ser humano ha experimentado jamás. Todo cuanto has sentido hasta ahora sería una pequeña muestra.
—Entonces, ¿por qué me lo niegas?
—Porque después tendrías que seguir viviendo. Temo que nada de cuanto este mundo pudiera ofrecerte volviera a satisfacerte. Podrías pasar una existencia interminable buscando algo que nunca volverías a encontrar.
—¿Y nuestro amor?
Su mano permanece junto a mi rostro.
—También podrías perder la capacidad de amar, Eva. Imagínate una eternidad sin amor, sin alegría, sin el consuelo de las cosas que hoy te hacen feliz.
Vuelvo a mirarlo. Si existe una sola noche en la que pueda pertenecerle por completo, no quiero renunciar a ella por temor a una desgracia que tal vez nunca ocurra.
—Tú eres el único a quien jamás podré dejar de amar.
—No puedes estar segura de eso.
—Estoy segura de que te amo ahora. Prefiero pasar una sola noche contigo antes que toda mi vida lamentando no haberlo hecho.
Le acaricio el rostro.
—Quiero estar contigo, Sael. Si debo aceptar esas consecuencias, las acepto. Pero no quiero que te marches sin que hayamos sido completamente el uno del otro.