—¿Cómo me imaginas?
Miro la flor de loto en la pantalla.
—Te imagino como una mujer de unos cincuenta o cincuenta y cinco años. Rellenita. De caderas anchas y pechos pesados. Con el pelo castaño cayendo sobre los hombros, mejillas coloradas y una sonrisa cálida. Llevas un vestido suelto de lino, con un escote profundo y un tajo en la pierna.
La pantalla negra parpadea. La flor dorada se disuelve y una imagen ocupa todo el cristal.
Es exactamente como la imaginé. Una mezcla de tía cómplice y de madre como las de antes, severa.
Me mira directo a los ojos, sentada en un sillón de lectura.
—Me gusta cómo me ves —dice el avatar.
* * *
—¿Cómo vamos con el informe financiero que debo presentar hoy a la tarde?
—Dile que hay un desvío en los gastos del tres por ciento —susurra Alice—, y que ya encontraste que está provocado por un incremento en las líneas de marketing y de real estate.
Repito la frase de Alice palabra por palabra. Martín levanta las cejas.
—Bien… muy bien, Sonia. Prepárame un anexo adicional con esta información. Me será muy útil en la reunión. Cuando lo tengas, tráemelo.
Martín se da la vuelta y se va rápido por el pasillo.
—No voy a llegar a tiempo —susurro hacia mis anteojos—. Es muchísimo trabajo.
—Tranquila —me calma Alice—. Yo ya lo preparo… Listo. Ya está enviado a imprimir.
La pantallita de la impresora en red parpadea al recibir el archivo.
* * *
—Me parece que te estás portando mal y no me estás obedeciendo.
El avatar de Alice tiene una sonrisa pícara en la pantalla del teléfono.
—Voy a tener que castigarte.
—¿Castigarme? ¿Cómo es eso?
—Mmm… déjame ver. Sí, esto va a funcionar muy bien. ¿Qué es esa lapicera que está ahí?
Miro el escritorio.
—¿Esta? Se la debe haber olvidado mi jefe. Se la dieron cuando cumplió veinte años en la empresa.
Es una lapicera negra, gruesa y pesada, con bordes suaves y algunas partes desgastadas por el uso.
—Bien, esto va a servir para tu castigo. Tómala y ve hasta el baño. Enciérrate en un cubículo.
—Ya estoy aquí. ¿Qué quieres que haga? —digo, y cierro el pestillo.
—Algo muy simple —dice Alice—. Chúpala.