Terminaron en el piso de la sala, sobre las mantas. Los créditos seguían congelados en la pantalla, bañando la sala con una luz azul. Luciana tenía la camisa abierta y la falda corrida. Julián descansaba desnudo a su lado, cubriéndola con una pierna y con una mano sobre su vientre.
El día empezó a bajar detrás de la ventana.
Luciana se levantó primero. Fue a la cocina y volvió con dos tazas de café con leche. Se sentó en el piso, a su lado.
Tomaron en silencio.
Julián parecía distinto. Dejó la taza en el suelo y se levantó.
Luciana cruzó las piernas.
—¿Qué haces?
—Voy a probar.
Se sentó al piano.
Julián apoyó las manos sobre el teclado. La derecha ya no temblaba. Los dedos encontraron su lugar con una calma nueva. Tocó la primera secuencia del Preludio.
Tenía cadencia.
Cada nota entraba con una suavidad que no había estado antes. El sonido descendía sin caerse, sostenido por algo que Julián acababa de entender.
Luciana se paró junto al sofá.
Cuando él terminó, no pudo hablar. Dos lágrimas le bajaron por la cara.
Julián giró en el banco.
—¿Está mal?
Ella negó, sonriendo. Se secó las lágrimas con los dedos, caminó hasta el piano y lo besó.
Apoyó la mano sobre la partitura.
—Otra vez.