La séptima víctima
Muestra de lectura

La séptima víctima

Bajamos las escaleras hacia Onyx, un búnker subterráneo de hormigón crudo en el corazón de Pioneer Square. Trescientos dólares para restregar tu sudor y sentirte vivo.

La música electrónica golpea en el centro del pecho. Un mar de cuerpos se mueve bajo destellos estroboscópicos.

Laura tira de mi mano y me arrastra hacia el centro de la pista, internándose en la marea humana. Al principio me quedo quieta, rígida, pero ella empieza a contornearse frente a mí. Se mueve insinuante, rozando su espalda contra mi vientre, buscando la fricción deliberada de los cuerpos. Su trasero y sus caderas se ofrecen con una cadencia hipnótica.

La música nos envuelve y empezamos a movernos juntas. Los cuerpos chocan. Siento nuestros pechos apretándose bajo la tela mínima de los vestidos y la humedad en la nuca.

Ella acorta la distancia y desliza su pierna desnuda entre las mías. Su muslo se frota contra mí al ritmo denso de los bajos. Levantamos las manos sobre nuestras cabezas, rozándonos sin pedir permiso.

Ella se da vuelta y se detiene un instante, mirándome de una manera que me estremece. Se acerca hasta que siento su aliento chocar contra mi cara. Sus labios húmedos se posan sobre los míos y me besa.

Me quedo inmóvil apenas un segundo, pero no puedo contenerme y le devuelvo el beso. Su lengua roza la mía mientras seguimos moviéndonos entre la gente.

¿Qué carajos fue eso?

Seguimos bailando hasta que Laura se detiene de golpe. Me hace un gesto de cansancio y me arrastra hacia la barra de acrílico iluminada en un rincón.

Pide un Clarified Milk Punch y yo pido una gaseosa dietética. Laura le da un sorbo a su bebida transparente y arquea una ceja cuando ve mi vaso.

Sonrío.

—Estoy de servicio.

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