Macho cabrío
Muestra de lectura

Macho cabrío

Teresa yace en el suelo del dormitorio, con las rodillas contra el pecho. En la cama, la sábana blanca ya no es blanca. Una mancha roja, húmeda, se expande como un mapa de territorio conquistado. La puerta se abre. Albert entra. Huele a sudor agrio y a sexo barato. Se detiene en seco.

—¡Por Dios! ¿Qué es esto?

Teresa no contesta. Mira un punto fijo en la alfombra. Albert la levanta del suelo. La zarandea.

—¡Teresa!

El cuchillo cae de la mano de ella con un ruido sordo. Albert lo mira. La hoja, oscura. Lo levanta. El mango está pegajoso. Lo sostiene un largo rato, sintiendo el peso del acero y la sangre seca. Deja a Teresa de pie, oscilando como un junco, y se acerca a la cama. Levanta la sábana.

Julian Hiller lo mira desde el infierno. El pecho es una carnicería. Una arcada golpea a Albert en el diafragma. Corre al baño. Se aferra al inodoro. Vomita huevos revueltos, tocino, bilis. El sabor ácido le quema la garganta. Se enjuaga la boca con agua del grifo, temblando. Vuelve al cuarto.

—¿Qué hiciste?

Silencio. Le agarra la cara con ambas manos, obligándola a mirarlo.

—¡Mujer! ¿Qué has hecho?

Ella parpadea.

—Me estaba agrediendo. Me defendí.

Albert niega con la cabeza. El pánico es un zumbido en sus oídos.

—¿Quién es?

—Hiller. Mi psiquiatra. Intentó violarme.

—Santo cielo, Teresa.

Saca el móvil. Marca 9-1. El dedo se detiene en el 1.

—Él se convirtió en una bestia horrible —susurra ella—. Le salían gusanos y brea por el cuerpo. Se abalanzó sobre mí y... yo tomé el cuchillo y lo destruí.

Albert baja el teléfono lentamente.

—¿Se convirtió en qué?

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