El presbítero sostiene el libro con las dos manos. Le tiemblan las muñecas como cuando uno golpea un colador para que la harina caiga sin grumos.
Lee.
El cajón cuelga de unas correas verdes. Una tela tapa el mecanismo; un mantel puesto a las apuradas sobre algo que no conviene mirar. Como se tapan las cosas en la empresa.
No voy a hacerme la original. Ustedes ya saben lo que se dice en estos casos, pero acá es verdad: Sam Miller era un buen esposo, un buen padre y un jefe ejemplar. En Van Dijk Global Services nadie llegaba tarde cuando él estaba en Chicago. No por miedo. Por vergüenza.
Miren las caras. Clarissa Bingham, de Recursos Humanos, tiene el rímel empastado hasta el mentón, una mancha oscura que se niega a corregir. Marcus, el cadete, se apoya contra Ted Kowalski. Ted no suele abrazar ni a su propia lapicera, pero ahora tiene el brazo alrededor del chico, rígido como un puntal.
El mecanismo se suelta. El cajón empieza a bajar.
Es una canastilla de papas entrando en la freidora. Me aprieto el tapado, incómoda. Las correas se tensan. El cajón desciende lento. Pesa. El aire se queda quieto hasta que golpea abajo.
El silencio nos cae encima como una tapa de olla.
El violeta de las dedaleras brilla un segundo bajo la luz cruda del cementerio y varias cabezas giran al mismo tiempo. Meto el ramo bajo el tapado, apretado contra las costillas, tratando de hacerlo desaparecer.
Y así se va Sam.
La muerte es como esas preparaciones que no admiten corrección. Un azúcar que se vuelve almíbar quemado. Un huevo batido de más. Algo entra de una forma y sale transformado, sin posibilidad de retorno.
Me acerco a los compañeros de la oficina. Doy un paso corto, después otro. El murmullo crece porque los murmullos buscan compañía. Dicen que fue un ACV. No, el corazón. Paro fulminante. Era joven. Todo es muy confuso. Nadie entiende qué pasó.
Karen no levanta la vista. Los chicos siguen pegados a ella. Con eso no se cocina nada.
Si de verdad quieren saber lo que ocurrió, hay que viajar hacia atrás. Al edificio de Van Dijk, en Chicago. Al piso donde el aire acondicionado te enfría las muñecas. A una caja apoyada en el medio de mi escritorio. Y a mí, con un cuchillo en la mano.