Klaus se vuelve hacia el muchacho.
—¿Cuál es tu apellido, chico? ¿Quiénes son tus padres? —El soldado juega con el seguro del arma—. Los burgueses alemanes adoran contratar mano de obra barata para ocultar inmundos judíos. ¿Eres uno de ellos?
David detiene la manivela. El silencio inunda el búnker.
—Sigue girando el hierro —ordena Klaus, apuntándole—. Te hice una pregunta.
—No lo soy —responde David, con un hilo de voz.
—Bájate los pantalones. Ahora mismo.
Me interpongo.
—No lo hagas, David —ordeno, y me dirijo al militar—. Necesitamos que alguien mantenga el oxígeno fluyendo.
—Todavía te tengo a ti para ese trabajo —responde Klaus.
El soldado aprieta el gatillo. La bala impacta contra el cemento, a centímetros de la pierna del joven.
—¡¿Acaso perdiste el juicio?! —exclamo.
Él me ignora por completo.
—Obedece o el próximo tiro irá directo a tu cráneo —amenaza.
David suelta la manivela y baja la tela gruesa, dejando al descubierto la circuncisión que sella su origen.
—Un judío. Lo sabía —celebra Klaus, escupiendo en el suelo—. Por eso el ambiente apesta en este refugio.
El nazi levanta el arma para ejecutarlo.
No se lo permito. En una fracción de segundo acorto la distancia. Tomo la muñeca del verdugo y ejerzo una presión letal.
Su articulación estalla bajo mis dedos, convirtiéndose en carne blanda y deforme. La pistola cae al piso.
Klaus suelta un aullido de dolor. Lo sujeto por la garganta, levantando su cuerpo con una sola mano, y lo estrello contra el muro.
Le hablo a mi protegido con tono firme.
—Cierra los ojos, David.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta.
—Que cierres tus malditos ojos.
—Ya lo hice.
Acerco mi rostro al de Klaus, quien patalea intentando liberarse.
—¿Has visto al demonio alguna vez? —susurro contra su oído.
El terror lo enmudece.
Dejo que el monstruo emerja. Mis facciones se distorsionan, alargándose en ángulos grotescos. Dos colmillos gruesos perforan mis encías; mis ojos se encienden con un rojo demoníaco. Estiro mis garras negras y trazo un surco profundo en el pecho de su uniforme, dejando brotar la sangre.
Huele a orina.
Vuelvo a mi apariencia humana en un parpadeo.
—Te advertí que morirías de la peor manera posible —le recuerdo—. Los tuyos solían colocar ratas hambrientas dentro de recipientes metálicos sobre el abdomen de sus prisioneros, aplicando calor para que el animal perforara un túnel a través de las entrañas. Imagina eso multiplicado por cien.
Klaus tiene la mandíbula desencajada. Resbala levemente de mi agarre y, al mirar de reojo, se topa con los ojos abiertos y muertos de Elsa. Suplica, balbuceando, intentando retroceder y fundirse con el cemento.
Me concentro. Mi forma física colapsa.
Donde un segundo antes estaba mi cuerpo, surge un enjambre oscuro. Cientos de ratas negras se dispersan por el suelo, dejando mi ropa vacía sobre las baldosas.