Yellowstone
Muestra de lectura

Yellowstone

Una tormenta cae con fuerza esa noche. La primera de muchas más que vendrán pronto. El viento aúlla con una frecuencia que hace vibrar los cristales de las persianas. El termómetro de mercurio que cuelga afuera debe estar tocando el fondo. A pesar de que la chimenea ruge, el frío se filtra por el suelo, congelando el aire a la altura de los tobillos.

Hannah tiembla de forma violenta. Sus dientes castañean con un sonido rítmico que me pone de los nervios. Está envuelta en una capa de piel, pero su cuerpo frágil no genera suficiente calor.

—Quítate la ropa —le ordeno, levantándome de la silla.

Hannah se queda paralizada. Me mira con los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué?

—La ropa. Toda. El fuego no va a alcanzar esta noche. Si te quedas ahí sola te vas a congelar antes del amanecer.

—No... no puedo. Es... no es decoroso.

Camino hacia ella y le arrebato la manta superior. Mi mirada es de acero.

—Aquí solo hay dos opciones: o duermes conmigo para que mi calor te mantenga viva, o mañana te saco rígida como un leño y te tiro al barranco. Elige, Hannah.

Hannah baja la cabeza. Sus manos tiemblan tanto que apenas puede desabrochar los botones de la camisa de franela. La prenda cae al suelo. Luego los pantalones. Se queda allí, de pie frente al fuego, cubriéndose el pecho con los brazos cruzados y los muslos apretados.

Bajo la luz ámbar de las llamas, su cuerpo parece tallado en sebo y marfil. Demasiado limpio. Me duele mirarlo. Me desvisto sin prisa, dejando que mi piel respire el aire gélido de la habitación antes de deslizarme en la cama bajo las pieles de oso.

—Ven —le digo.

Hannah se acerca a la cama como quien camina hacia el patíbulo. Se desliza a mi lado, rígida como una tabla. Su piel está helada al contacto.

La rodeo con mis brazos. La pego a mi pecho, dejando que el calor de mi torso pase al suyo. La rodeo con mis muslos apretándola para abrigarla. Su respiración se acelera, un jadeo superficial que delata su pánico.

—Tranquila —le susurro al oído—. Solo es calor, chica. Nada más.

Hannah no responde. Se queda inmóvil, pero poco a poco, la violencia de sus temblores empieza a ceder. Su cuerpo se relaja contra el mío, rindiéndose.

El olor de su cabello me llena la nariz. Es un olor de otro mundo. Un mundo al que una vez yo también pertenecí y ahora se me antoja demasiado lejano.

Hannah exhala un suspiro largo y apoya la cabeza en el hueco de mi hombro. Por primera vez en diez años, la cama no se siente como un desierto. Me quedo despierta mucho tiempo, escuchando el rugido del viento afuera y el latido rítmico del corazón de Hannah contra mis costillas, preguntándome qué voy a hacer cuando la tormenta amaine y la realidad vuelva a llamar a la puerta con el cañón de un revólver.

A la mañana siguiente, el aire es puro, filoso. Subimos hacia el peñasco oriental para vigilar el campamento. Hannah se adelanta. Mira hacia el valle inferior y suelta un grito ahogado.

—Se han ido. Han levantado el humo. ¡Se han ido!

Tomo el catalejo de bronce y lo ajusto. El claro está vacío, efectivamente. Pero las huellas de los caballos no apuntan hacia el sur.

—No se han ido, Hannah —digo—. Vienen hacia aquí.

No termino de decir esto cuando un crujido hace que varios pájaros levanten vuelo.

—Al suelo —digo, empujando a Hannah contra una rama vieja.

Le agarro el abrigo y tiro de ella hacia un abeto caído. Aparto unas ramas cargadas de nieve y la empujo debajo del follaje. Después vuelvo a acomodarlas sobre su cuerpo. Me aplasto contra el tronco, apenas más arriba. Aprieto la empuñadura de mi revólver.

El golpeteo de los cascos llega enseguida. Dos jinetes aparecen entre los árboles. El primero tiene una cicatriz que le parte la boca. Detrás viene otro miembro de la banda.

Tom tira de las riendas justo arriba nuestro. El caballo se detiene y puedo sentir el calor de su respiración colarse por entre las ramas. Tom mira directamente hacia donde está Hannah.

—¿Qué pasa? —pregunta el otro.

—Me pareció ver algo.

El silencio se estira.

—Habrá sido un ciervo, jefe —dice el otro.

Tom sigue mirando. Afirmo el revólver. Si desmonta, tendré que matarlo, pero desde esta posición los otros cuatro nos acribillarán.

El caballo resopla. Tom demora todavía unos segundos.

—Vamos.

Los caballos vuelven a ponerse en marcha. Espero hasta que el sonido de los cascos desaparece por completo entre los árboles. Recién entonces aparto las ramas.

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