Fantasías y culpa: la contradicción en la ficción
¿Por qué algo que nos incomoda puede, al mismo tiempo, atraernos?
Me interesa esa pregunta porque el deseo rara vez es prolijo. A veces nace en una contradicción. Algo nos llama y nos alarma al mismo tiempo.
Freud le dio a eso un nombre que me sirve para pensarlo: lo ominoso. Una casa conocida que empieza a sentirse amenazante. Una figura de cuidado que también castiga.
Los cuentos lo resolvieron partiendo a la madre en dos: la madre-buena y la madre-bruja. Yo leo esa división como una manera de no tener que mirar a la misma mujer alimentando y castigando.
En algunas fantasías adultas, esa tensión reaparece cargada de símbolos. Pensemos en algo tan aparentemente simple como un chirlo en la cola, que vuelve una y otra vez en relatos, películas y juegos eróticos, siempre en esa zona donde el deseo se mezcla con la autoridad y la entrega.
Lo que a mí me inquieta de ese juego es menos el golpe que la postura: un cuerpo entregado que evoca cuidado, dependencia y vulnerabilidad.
Un cuerpo desnudo sobre unas faldas, una mano que acaricia: es uno de los gestos más primarios de sostén y ternura, el de la madre-buena que contiene.
Pero la fantasía introduce el quiebre.
LA NOVELA«La tierra tiene sed… pero una vez que se sacia, devuelve el ciento por uno.»Ver Macho cabrío →
La caricia se convierte en correctivo, y la misma posición que protegía ahora expone.
Ahí aparece la disonancia: en un mismo acto y en una misma posición, la madre-buena es también madre-bruja.
A veces, al mirar esa escena, entendemos algo de nosotros que no sabíamos cómo nombrar.
Detrás de Macho cabrío
En Macho cabrío llevé esa contradicción entre protección y amenaza a otro terreno.
Ahí, los vínculos donde aprendimos a confiar empiezan a pudrirse en miedo y dependencia.
Para eso elegí un escenario donde las creencias religiosas, la superstición y lo sobrenatural terminan desdibujando los límites de la realidad.
Macho cabrío se mete en las zonas más oscuras de las relaciones humanas, allí donde el afecto, la culpa y la locura pueden llegar a confundirse.
Karina Fernandez