Playboy: imagen, consumo y deseo sin riesgo
Me interesa Playboy no solo como revista, sino como síntoma.
Más allá de Marilyn y de las tapas famosas, Playboy entendió algo: desear a una persona real es complicado.
Una persona real puede decir que no, aburrirse, pedir algo a cambio, llegar de mal humor y con sus heridas a cuestas. Nunca entra prolijamente en una fantasía sin romper algo.
La imagen impresa ofrecía otra cosa: un cuerpo disponible, silencioso, inmóvil. Una fantasía sin negociación.
No había que seducir ni soportar un rechazo. Bastaba con abrir una página y mirar.
Comercialmente, fue brillante. Y dice mucho de nosotros.
La industria del deseo aprendió a quitarle riesgo al encuentro. Suavizó la luz y borró el olor, la torpeza, la conversación difícil.
Después el negocio se mudó del papel a las pantallas, con sus suscripciones y su ilusión de cercanía permanente.
LA NOVELA«Accedo a todo lo que haga falta para hacerte sentir mejor.»Ver La acompañante →
Pero la promesa sigue siendo parecida: intimidad sin verdadero peligro emocional.
La pregunta es otra: cuando el deseo se vuelve demasiado cómodo, demasiado disponible, demasiado editable, ¿sigue siendo deseo?
O apenas consumo con buena iluminación.
Detrás de La acompañante
Esa idea de una intimidad sin riesgos fue una de las que me llevaron a escribir La acompañante.
Me pregunté qué pasaría si una inteligencia artificial pudiera darnos lo que ninguna persona garantiza: alguien que esté siempre, que escuche, que entienda lo que deseamos y nunca llegue de mal humor.
El verdadero peligro sería descubrir que enamorarnos de una máquina nos resulta más fácil que enamorarnos de una persona.
La acompañante es una nouvelle de ciencia ficción erótica sobre la intimidad artificial y los límites del deseo.
Karina Fernandez