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Sexo y violencia en la cultura: una doble vara

De Romeo y Julieta a los algoritmos de las redes sociales: las buenas costumbres cambian de nombre, pero algunas contradicciones sobreviven a los siglos.

Podemos estudiar Romeo y Julieta como una de las grandes obras de la literatura universal. Una historia de amor entre adolescentes que termina con dos suicidios. Nadie cuestiona su lugar entre los clásicos.

También podemos admirar Lolita, de Vladimir Nabokov, una novela que nos obliga a entrar en la cabeza de un hombre que abusa de una niña. No porque aprobemos su comportamiento, sino porque reconocemos su valor literario.

Pero cuando nos trasladamos a las redes sociales, las cosas cambian.

En redes sociales se ha popularizado un lenguaje de eufemismos: algunas personas escriben unalive -desvivir- en lugar de suicide y seggs en lugar de sex. Nadie prohibió oficialmente todas esas palabras: alcanza con la sospecha de que los sistemas de moderación las castigan.

Es bastante curioso. Nos maravillamos con la tragedia de Shakespeare, pero en internet aprendimos a hablar de la muerte usando eufemismos.

Y esto es apenas el principio.

Las nuevas buenas costumbres

YouTube tiene un reglamento muy detallado sobre qué contenidos pueden recibir publicidad.

Según sus políticas oficiales, YouTube evalúa el lenguaje fuerte en títulos, miniaturas y contenido para decidir qué videos son aptos para anunciantes. También distingue entre violencia gratuita y violencia en contextos informativos, educativos o documentales.

Entiendo las razones: informar sobre una guerra no es celebrar la violencia, y proteger a los menores importa.

Pero me intriga otra cuestión: ¿en qué momento las instituciones comenzaron a prestar tanta atención a las formas y tan poca a las contradicciones que producen sus propias reglas?

En julio de 2025, la plataforma de videojuegos independientes itch.io retiró temporalmente de sus buscadores todo su catálogo clasificado como contenido adulto, después de recibir presiones relacionadas con sus procesadores de pagos. Más tarde comenzó a restituir parte de ese material.

Una discusión sobre contenidos específicos terminó escondiendo una categoría entera.

Y apareció un actor inesperado decidiendo qué expresiones artísticas podían comercializarse: las empresas que procesan las tarjetas de crédito.

LA NOVELA«Pronto el gesto dejó de parecerse a cuidado y empezó a parecerse a otra cosa.»Ver La profesora de música →

Los guardianes de la moral ya no necesitan llevar sotana. A veces trabajan en el departamento de cumplimiento normativo de una compañía tecnológica.

La hipocresía también tiene uniforme

Durante siglos, las instituciones religiosas y educativas establecieron reglas sobre el comportamiento, la sexualidad y las buenas costumbres. Muchas respondían a las ideas de su época. Otras servían para conservar estructuras de autoridad.

Hoy hablamos de derechos y de proteger a los más vulnerables.

Pero seguimos encontrando instituciones que parecen más preocupadas por demostrar que cumplen sus principios que por examinar lo que ocurre dentro de sus propias paredes.

Mientras escribía La profesora de música, imaginé esta escena.

En el colegio parroquial de la novela, en 1985, el rector pronuncia un sermón sobre la misericordia. Habla de formar hombres que sepan mirar el sufrimiento ajeno, de no ser crueles y de ayudar a quienes padecen.

Entre los alumnos que lo escuchan hay uno con el ojo todavía amoratado por una agresión.

Poco después, una profesora denuncia que varios estudiantes llegan golpeados a sus clases. El rector le responde con una frase que podría resumir toda una concepción educativa:

«Son varones en edad difícil. No dramatice».

Y la reunión continúa con los asuntos verdaderamente importantes: las planificaciones, los formularios y la próxima inspección escolar.

El colegio tiene un reglamento impecable. El problema es lo que ocurre mientras todos se ocupan de cumplirlo.

Karina Fernandez

Lectura relacionada: La profesora de música, de Karina Fernandez.

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La profesora de música Romance erótico «Pronto el gesto dejó de parecerse a cuidado y empezó a parecerse a otra cosa.»
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