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¿Por qué atrae lo prohibido? Deseo y ficción

Una caricia bajo la mesa puede despertar más deseo que una escena de sexo explícito. El cine lo sabe desde hace mucho; la psicología intenta explicarlo.

Dos amantes en el sofá de su casa. Él le acaricia la pierna, ella se acerca y lo besa. Una escena íntima y cotidiana.

Ahora traslademos a esos mismos amantes a una cena con amigos. Nadie conoce su relación. Mientras todos conversan, él desliza una mano debajo de la mesa y la apoya sobre la rodilla de ella. La mujer continúa hablando, pero siente que los dedos comienzan a subir lentamente por su muslo.

El contacto físico es prácticamente el mismo. Sin embargo, la segunda escena tiene otra carga erótica.

¿Por qué?

Porque ahora existe la posibilidad de que alguien los descubra. Y ese pequeño detalle cambia la manera en que interpretamos lo que está ocurriendo.

El contexto puede volver excitante un gesto ordinario. El cine lo sabe bien.

El beso más erótico de Martin Scorsese

En 1993, Martin Scorsese estrenó La edad de la inocencia, una adaptación de la novela de Edith Wharton con Daniel Day-Lewis y Michelle Pfeiffer.

La historia transcurre en la aristocracia neoyorquina del siglo XIX, donde las buenas costumbres son casi una religión.

Newland Archer está comprometido con una joven de su misma clase social, pero se siente profundamente atraído por Ellen Olenska, una mujer separada que desafía las convenciones de su entorno.

Hay una escena en un carruaje.

Están sentados uno junto al otro. Newland se quita un guante y comienza a desabotonar lentamente el de Ellen. Cuando consigue dejar al descubierto una pequeña porción de piel, inclina la cabeza y le besa la muñeca.

Eso es todo.

Pero la forma en que Scorsese filma esa escena resulta mucho más erótica que muchas secuencias de sexo explícito.

Porque entendemos perfectamente lo que significa ese gesto para los personajes. En una sociedad donde hasta las emociones deben disimularse, quitar un guante puede resultar casi tan escandaloso como quitarse toda la ropa.

El sexo que nunca llegamos a ver

Algo parecido ocurre en Deseando amar, la película de Wong Kar-wai estrenada en 2000.

Dos vecinos descubren que sus respectivos cónyuges mantienen una relación extramatrimonial. La complicidad inicial entre ellos comienza a transformarse en una atracción que ninguno se atreve a expresar abiertamente.

Hay miradas que duran demasiado, encuentros casuales que parecen cuidadosamente preparados y conversaciones donde lo verdaderamente importante nunca llega a pronunciarse.

Wong Kar-wai contó que había rodado material íntimo entre los protagonistas que finalmente no quedó en la película estrenada. Yo leo ese descarte como una elección: sugerir más de lo que se muestra.

La película terminó convirtiéndose en una de las historias románticas más sensuales del cine contemporáneo sin necesidad de mostrar ese encuentro.

El deseo no necesita satisfacerse inmediatamente para resultar poderoso.

A veces la espera pesa más que lo esperado.

El efecto de la fruta prohibida

En 1966, el psicólogo Jack Brehm desarrolló la teoría de la reactancia psicológica. Su planteo era que, cuando sentimos amenazada nuestra libertad para elegir o actuar, podemos experimentar una motivación adicional por recuperar aquello que nos quieren quitar.

LA NOVELA«Pronto el gesto dejó de parecerse a cuidado y empezó a parecerse a otra cosa.»Ver La profesora de música →

Hay prohibiciones que consiguen exactamente lo contrario de lo que pretendían.

En 2011, un equipo encabezado por el psicólogo C. Nathan DeWall publicó una investigación en Journal of Personality and Social Psychology que exploraba esta cuestión dentro de las relaciones románticas.

En sus experimentos, DeWall y sus colegas encontraron que restringir la atención hacia posibles alternativas de pareja podía producir efectos contraproducentes, como mayor atención o interés cognitivo por esas alternativas.

Los investigadores lo relacionaron con el conocido efecto de la fruta prohibida.

La literatura, en cambio, tiene una ventaja sobre la psicología experimental: puede construir las circunstancias precisas para que una prohibición pese sobre sus personajes.

¿Qué es lo que realmente nos excita?

La literatura erótica deja vivir fantasías sin llevarlas a la realidad.

Una persona puede disfrutar imaginando situaciones de dominación, infidelidad, exhibicionismo o transgresión sin tener el menor interés en experimentarlas fuera de su imaginación.

Porque una fantasía no es una declaración de intenciones.

En la ficción podemos sentirnos atraídos por personajes moralmente cuestionables o encontrar placer en situaciones que nos resultarían intolerables en la vida cotidiana.

A quien escribe le toca averiguar qué vuelve significativa esa fantasía.

Una caricia furtiva puede ser excitante por el riesgo de ser descubiertos. Una orden puede despertar placer por la sensación de entregar voluntariamente el control. Una relación secreta puede resultar irresistible porque permite experimentar una identidad que nuestra vida cotidiana no nos deja mostrar.

En todos esos casos, el acto físico es apenas una parte de la experiencia.

El resto ocurre en la imaginación.

Detrás de La profesora de música

Cuando escribí La profesora de música, quería un lugar donde nadie tuviera permiso para sentir en voz alta.

Luciana llega a un colegio de Buenos Aires en 1985. Allí descubre un mundo dominado por la disciplina, los silencios y una particular manera de entender las buenas costumbres.

La música se convierte en un refugio para quienes no encuentran otra forma de expresar lo que sienten. Pero también abre las puertas a relaciones que desafían las expectativas del entorno.

Ahí aparecen personajes que encuentran en otro algo que necesitaban desesperadamente y descubren, al mismo tiempo, que eso puede costarles caro.

El deseo casi nunca llega en un momento conveniente. Y cuando choca con nuestras convicciones, puede obligarnos a ver aspectos de nosotros mismos que preferíamos ignorar.

Quizás por eso me gustan tanto las historias donde una mirada, un silencio o una caricia pesan más de lo que aparentan.

Después de todo, a Scorsese le bastó una muñeca desnuda.

Karina Fernandez

Lectura relacionada: La profesora de música, de Karina Fernandez.

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La historia detrás de este artículo
Tapa de La profesora de música, de Karina Fernandez
La profesora de música Romance erótico «Pronto el gesto dejó de parecerse a cuidado y empezó a parecerse a otra cosa.»
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