La venganza en el cine: por qué disfrutamos el castigo
La psicología de la venganza, el placer de la crueldad y ese extraño talento que tenemos para justificar lo injustificable.
Un hombre está atado a una silla. Tiene cables eléctricos conectados al cuerpo. Frente a él, otro hombre sostiene un interruptor y amenaza con electrocutarlo si no responde a sus preguntas.
La escena es brutal. Lo perturbador es otra cosa: desde la butaca, es muy fácil querer que apriete el interruptor.
Ocurre en Taken, la película de 2008 protagonizada por Liam Neeson.
Bryan Mills es un exagente de la CIA cuya hija fue secuestrada en París por una organización criminal dedicada a la trata de mujeres. Desesperado por encontrarla, emprende una persecución que deja un reguero de cadáveres.
En una de las escenas más duras, Mills tortura a un secuestrador mediante descargas eléctricas hasta conseguir la información que necesita.
Lo peor viene después.
El hombre ya confesó. Bryan consiguió lo que buscaba. Sin embargo, antes de abandonar la habitación, vuelve a conectar la corriente y lo deja morir.
Detengámonos un instante.
Acabamos de presenciar una ejecución mediante tortura. Si el protagonista fuera un criminal, probablemente estaríamos horrorizados. Pero Bryan es el padre de una chica secuestrada, y la película nos ha convencido de que tiene derecho a hacer prácticamente cualquier cosa para rescatarla.
Incluso cuando ya no necesita hacerlo.
¿Por qué podemos disfrutar de una crueldad que, en otras circunstancias, condenaríamos sin vacilar?
El permiso para ser crueles
En 1999, Albert Bandura publicó un trabajo sobre la desconexión moral: el modo en que podemos justificar acciones dañinas reinterpretándolas como necesarias, minimizando sus consecuencias o trasladando la responsabilidad.
No hace falta abandonar nuestros principios para ser crueles. A veces alcanza con una buena justificación.
El cine conoce este mecanismo desde hace décadas.
Primero nos muestra una injusticia. Nos acerca a la víctima, nos hace compartir su sufrimiento y consigue que odiemos al responsable.
Después viene la venganza.
Entonces, aquello que nos habría parecido una atrocidad empieza a sentirse como una reparación.
El castigo ya no tiene que ser proporcional. Muchas veces, cuanto más brutal resulta, mayor es nuestra satisfacción.
La ciencia de disfrutar una venganza
Arthur Raney, investigador especializado en psicología del entretenimiento, lleva décadas estudiando cómo nuestros juicios morales condicionan el placer que sentimos frente a la ficción.
En un estudio publicado en 2005 en Media Psychology, trabajó con 151 participantes que evaluaron escenas de crímenes cuyos responsables recibían castigos excesivos o escapaban sin castigo.
Encontró que el disfrute de las escenas se relacionaba con los juicios morales de los espectadores y con sus creencias sobre la justicia.
Investigaciones posteriores sobre los antihéroes van en la misma línea: podemos llegar a identificarnos con personajes violentos y disfrutar de sus acciones cuando conseguimos suspender, dentro de la ficción, parte de nuestras objeciones morales.
Y eso ayuda a explicar por qué nos encantan tantos protagonistas que, vistos desde afuera, son bastante monstruosos.
LA NOVELA«Si uno acomoda bien las cosas, las personas terminan acomodándose solas.»Ver Traición perfecta →
Basta pensar en cuántas películas celebran al personaje que finalmente se rebela contra quienes lo humillaron.
No nos conformamos con que consiga escapar, recuperar lo perdido o poner a sus agresores frente a la justicia.
Muchas veces queremos verlo devolver cada golpe. Y, si puede devolver diez por cada uno que recibió, mucho mejor.
Y no es solo que triunfe el bien: hay un placer oscuro en contemplar la derrota y el sufrimiento de alguien a quien aprendimos a odiar.
Para eso está la ficción: para sentir emociones que no querríamos convertir en actos.
Lo cual no vuelve menos inquietante el aplauso.
¿Y si el monstruo nos cae simpático?
Hay otra variante, más inquietante.
¿Qué ocurre cuando el protagonista no tiene la apariencia de un justiciero implacable, sino la de una persona encantadora?
Alguien amable, servicial, que nos hace reír y que parece incapaz de lastimar a nadie.
La literatura tiene una larga tradición de personajes que consiguen nuestra simpatía antes de mostrarnos sus aspectos más oscuros.
Y entonces el escritor nos coloca frente a una trampa deliciosa: cuanto más queremos al personaje, más razones encontramos para disculparlo.
Sus acciones no mejoraron. Lo que cambió es que ya estamos emocionalmente comprometidos con él.
De pronto, aquella persona que nos parecía monstruosa comienza a parecernos comprensible. Y aquello que antes condenábamos ahora merece, por lo menos, una explicación.
Detrás de Traición perfecta
Traición perfecta salió, en buena parte, de esa trampa.
Su protagonista, Rose, es exactamente el tipo de persona a la que perdonaríamos casi todo: amable, bastante convencional, siempre dispuesta a ayudar a sus compañeros en una empresa de Chicago.
Sus pasteles son famosos en la oficina, y en la cocina encuentra orden y pequeñas satisfacciones.
Pero, como nos ocurre a todos, también tiene frustraciones, deseos y una manera muy personal de interpretar lo que sucede a su alrededor.
Quise que fuera fácil encariñarse con ella, y después poner al lector frente a situaciones donde ese cariño choca con sus propios valores.
Con los personajes de ficción nos pasa algo raro: podemos terminar justificando comportamientos que jamás aceptaríamos en alguien que conocemos.
Lo que me intriga es hasta dónde estamos dispuestos a engañarnos para seguir queriéndolo.
Traición perfecta es un thriller psicológico con erotismo y humor negro que juega precisamente con esas contradicciones.
Después de todo, ¿quién podría sospechar de una mujer que siempre llega a la oficina con una sonrisa y un pastel recién horneado?
Karina Fernandez