Erotismo sugerido y explícito: dos formas de narrar
Hay escenas que necesitan mostrar. Hay cuerpos que piden aparecer sin demasiadas vueltas, y está bien que lo hagan.
El problema de mostrarlo todo es que después no queda mucho para imaginar.
Lo sugerido deja una puerta entreabierta: una mirada que dura demasiado, una mano que se queda cerca, pero todavía no toca.
Me gusta porque obliga al lector a participar.
Y cuando el lector participa, la escena deja de pertenecer del todo a quien escribe. Empieza a mezclarse con su memoria y con sus pudores.
Ahí la literatura le gana a la imagen: puede demorarse y hacer que un gesto mínimo pese más que una descripción completa.
La mejor escena erótica suele ser la que mejor dosifica lo que cuenta.
LA NOVELA«Hay algo en la forma en que sostiene mi mirada que me incomoda. No sé qué es.»Ver La séptima víctima →
Porque el deseo vive en lo que falta.
Una escena bien construida se conforma con dejar una sombra en el lugar correcto. Y con esto no quiero decir que no haya que contar lo que ocurre.
Entre el lector y el escritor hay un pacto no escrito. El escritor construye la escena, arma los cimientos, prepara los personajes, ayuda a activar la imaginación del lector. Pero se compromete a no darle todo servido. El escritor exige que el lector también intervenga en la construcción de una película que solo ocurre en su cabeza y que será distinta de la que vea cualquier otro.
Y eso genera una tensión: si el escritor detalla demasiado, el lector se aburre porque no tiene espacio para involucrarse; pero si el escritor deja demasiado abierta la situación, el lector se siente defraudado porque solo ve un lienzo vacío.
En ese contrato, el lector financia la preparación, aportando una cuota enorme de su imaginación y tensión emocional, pero finalmente el escritor paga esa financiación dándole al lector lo que estuvo esperando. No se trata de no contar, sino de saber qué contar para que entre ambos construyan esa escena que justifica todo lo anterior.
Pienso en Game of Thrones. En la octava temporada, Arya Stark aparece de la nada en el Bosque de Dioses de Invernalia y mata al Rey de la Noche: la gran amenaza de la serie, liquidada de un salto y a mitad de la última temporada. La idea tenía su lógica, porque Arya se había preparado toda la vida para un momento así y nadie lo veía venir. Pero la historia no había sembrado lo suficiente. La profecía del Príncipe Prometido quedó en nada, la rivalidad con Jon Snow se evaporó, y lo que debía sentirse como una sorpresa se sintió como una trampa.
En la ficción erótica ocurre exactamente lo mismo. Para que la escena funcione, la historia tiene que haber sembrado pistas para un desenlace que se sienta como una promesa cumplida. Si no hay desenlace y todo es insinuación (si nadie mata al Rey de la Noche), el lector se siente defraudado. Si el desenlace es sorpresivo, abrupto y poco verosímil, como en el caso de Arya, se respira olor a engaño. Pero el desenlace puede sorprender, siempre que el lector termine diciendo: «Ah, qué tonto, ¿cómo no me di cuenta de que esto era lo que iba a pasar? Me lo estuvieron diciendo todo el tiempo y no lo vi».
En La séptima víctima escribí varias escenas de una intensidad erótica extrema, y con elementos sobrenaturales que las vuelven profundamente excitantes y muy perturbadoras. Pero esas escenas funcionan porque, a lo largo de la historia, el lector fue entendiendo el registro que las vuelve verosímiles dentro del pacto entre lector y escritor.