Fantasías y límites: las reglas de la ficción erótica
Hay una idea bastante ingenua de que la fantasía, para ser intensa, tiene que ser puro descontrol.
Yo no estoy tan segura.
Cuanto más delicado es el territorio imaginario, más necesita forma. Hablo de entender qué escena se está jugando.
Las fantasías son terrenos inexplorados que nos atrevemos a atravesar sabiendo que estamos contenidos en un entorno de ficción. Pero en el terreno erótico, como en cualquier otro, la fantasía se construye mediante la anticipación.
No es lo mismo abrir una puerta y que el asesino esté del otro lado, que una imagen de una casa oscura, solitaria. Unos pies de mujer desnudos caminando hacia donde todos sabemos que es un error. Una música que genera tensión. Una mano que duda sobre el picaporte, y finalmente el desenlace.
Con las fantasías eróticas, y sobre todo las que tienen algún componente de dominación, ocurre algo similar. Lo explícito sin preparación convierte la fantasía en un documental. No es lo mismo una mujer dando unas buenas nalgadas en el trasero sin más, que todo lo que ocurre antes. La mujer sentada en la cama, con ojos severos, piernas cruzadas. Mirada tranquila que deja adivinar que algo malo va a ocurrir. Una explicación de lo que vendrá, dicha con una tranquilidad que suena más a sentencia que a amenaza. La humillación del cuerpo expuesto. La disonancia cognitiva de una caricia antes del castigo. La respiración agitada ante el desenlace inevitable, para que luego todo se precipite.
Una fantasía es preparación. Es desear algo en igual medida que temerle. Deseamos que la mujer abra esa puerta, pero como sabemos lo que hay allí, tememos lo que ocurrirá cuando lo haga. Deseamos que el castigo llegue, pero como sabemos las consecuencias, preferimos mantener la agonía de la preparación.
Olvidarnos de la preparación puede cambiar rápidamente el registro y eso lo saben muy bien los que dirigen parodias: muestran la misma escena pero cambiando el registro, y convierten algo que podría ser de miedo, acción o romance, en una escena graciosa.
Y la fantasía es el terreno más fértil para explorar sin miedos esa preparación. No hay guiones preestablecidos, no hay productores urgidos, no hay apuros. En una fantasía, sobre todo la que surge a partir de una pieza literaria, el lector completa la película, agrega los detalles, es el que sostiene la cámara, y llena los espacios que, a propósito, el escritor deja para que pueda hacer propia la escena. La imaginación del lector puede ir mucho más lejos, justamente porque sabe dónde está su propio límite. Un cuento puede meterse en zonas oscuras si el lector quiere entrar en esos territorios.