Origen del tantra: cuerpo, ritual y espiritualidad
Cuando escuchamos la palabra Tantra, muchos imaginamos sahumerios, música suave y alguna promesa de conexión espiritual vendida en formato retiro premium.
A mí me interesa otra cosa: lo que había antes de que todo eso se volviera prolijo.
Algunas de sus corrientes más antiguas eran rituales, a menudo clandestinas, y ponían al cuerpo en el centro de una pregunta espiritual enorme: ¿y si lo divino no estuviera lejos de la carne, sino adentro de ella?
Una pregunta escandalosa para quien aprendió a pensar el cuerpo como una molestia, una cárcel llena de apetitos.
Las ramas más oscuras del Tantra llevaban la idea hasta el final: si la divinidad está en todas partes, también está en el deseo, en la transgresión, en aquello que la moral prefiere barrer debajo de la alfombra.
El placer era apenas el vehículo. Lo que buscaban era usar la intensidad del cuerpo para atravesar un límite.
Ahí hay una intuición antigua que todavía incomoda: el deseo no siempre nos aleja de lo profundo. A veces nos empuja directo hacia ahí.